Atavis et Armis

Desarrollo de la Orden de San Lázaro en Tierra Santa. Capítulo 2.

A la muerte de Fulco d’Anjou, Rey de Jerusalén, en 1143, la Orden adquirió gran importancia durante el reinado de Balduino III, su sucesor de trece años. La regencia fue asumida por la Reina viuda, Melisenda, que pese a sus dotes e inteligencia, no pudo evitar la caída de Edesa en el 1144 en manos musulmanas. La segunda Cruzada, organizada por Luis VII de Francia y el Emperador Conrado III, destinada a liberar el Condado de Edesa de Zeuki, señor de Alepo, estaba destinada al fracaso, pero fue definitiva en el proceso de consolidación de la Orden.

Interesado por las actividades lazaristas y consternado por los rebrotes de la enfermedad en la propia Francia, Luis VII llevó consigo doce hospitalarios de San Lázaro a su regreso a la patria en el 1149. En el 1150, la Orden recibe una primera donación real en Saint-Denis, en París, confiándoles un hospital de leprosos, un viejo castillo y una iglesia que tomaron el nombre de Saint Lazare, nombre que con el tiempo sería el de un conocido barrio de aquella ciudad.

En 1154, Luis VII cedió a la Orden a perpetuidad la baronía real de Boigny. El jefe de los hospitalarios de San Lázaro allí residente poseía el título de Preceptor y dependía del Maestre General de la Orden en Jerusalén. Un siglo más tarde, Boigny se convertiría en Encomienda Hereditaria de la Orden y su solar histórico más incontestable.

Balduino IV , el Rey leproso

En el 1168, murió Balduino III envenenado por su médico. Fue sucedido por el rey Amalarico I, y tras él, Balduino IV fue coronado el 11 de julio de 1174. El reinado del Rey leproso tuvo extraordinaria importancia para la Religión. Según cuenta la tradición, una noche en sueños el rey tuvo una visión de la Santísima Virgen, junto al propio San Lázaro portando una cruz verde, señalándole la caballería que debía de ser su guardia en las batallas.

Coronación de Balduino IV, el rey leproso
Coronación de Balduino IV, el rey leproso

Sin entrar en el territorio de las alegorías religiosas, el reinado del joven Balduino IV, de cinco años tan solo, apunta muy claramente la conversión del Hospital de San Lázaro en Milicia de choque. Es más, según Manuel Angel Lobeiras:

“… la parte más desagradable toca a los caballeros de San Lázaro, porque al estar aquejados en su mayoría de lepra, enfermedad que aterroriza a las huestes enemigas, no son apresados en las batallas, sino que son ejecutados a la mayor celeridad para evitar el contagio”.

Que Balduino IV le tuviera predilección a la Orden está fuera de duda. Es natural que resultara indispensable para un caudillo militar, siendo casi un niño, y además enfermo de lepra. Así la Orden pasó de meramente hospitalaria a seguir al rey en sus campañas y convertirse en una corporación guerrera encargada de la sanidad en las batallas.

Se sabe que los lazaristas acompañaron al ulceroso en el ataque al valle de la Beqaa, en 1176 y, en 1177, estuvieron presentes en la victoria de Montgisard. En dicha batalla se atribuye que fue el monarca leproso quien diera definitivamente la cruz verde a los lazaristas.

Según se cuenta en las crónicas, el caballero Gismond D’Arcy, también contagiado de la misma enfermedad que Balduino, daba escolta al rey. Los infieles llegaban por oleadas, y cayendo el rey del caballo, el caballero cubrió el cuerpo del monarca con el suyo y utilizando el dextral (un tipo de hacha privativa del Hospital de San Lázaro), se cortó su propio brazo comido por la lepra. Luego lo arrojó al enjambre de enemigos ante la mirada atónita de los otomanos, que huyeron aterrorizados, abandonando en su huida una bandera verde con la que el caballero formó una cruz que prendió sobre su cota. Prosperó aquel color entre las huestes de San Lázaro y se cuenta que el soberano, por demostrar su afecto a los cirujanos que le cuidaban, la pintó en su escudo de guerra, sancionando de este modo su uso.

Los caballeros lazaristas hicieron pronta fama de obstinados en las escaramuzas, de no abandonar nunca sus posiciones, de audaces hasta el límite de lo inimaginable. Los lazaretos puestos bajo su custodia jamás se rindieron. No rehuir nunca al poderoso enemigo fue una de sus máximas más estimadas. No dar cuartel ni esperarlo, fue su táctica. Antes de entrar en liza, oraban todos juntos y hacían ayuno por purificarse de sus pecados.

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