Atavis et Armis

Un nuevo Gran Maestre: Don Francisco de Borbón. Capítulo 8.

La Orden de San Lázaro, acosada por sus enemigos, dividida en facciones y casi sin recursos, reconsideró seriamente la posibilidad de rehabilitar al Gran Magisterio, vacante desde que Luis XVIII abandonase el cargo y se proclamara Protector. No es de extrañar entonces que el Consejo de la Orden, recabase de un Príncipe de la Sangre de Francia la aceptación de la jefatura de San Lázaro como en sus mejores tiempos.

D. Francisco de Borbón y de la Torre
D. Francisco de Borbón y de la Torre

Desempeñaba por aquel entonces las tareas de Gran Bailío, el teniente coronel don Francisco de Borbón y de la Torre, descendiente directo de Luis XIV. Cabeza de la segunda baronía de la Casa de Borbón, el duque de Sevilla consorte, por su matrimonio con su prima doña Enriqueta de Borbón y Paradé, era el candidato ideal para desempeñar el magisterio de una Orden tan vinculada a los príncipes de Borbón.

El duque de Sevilla, poco antes de aceptar el Gran Magisterio, quiso con el respaldo del Consejo, ofrecerle tan alta dignidad al Príncipe de Asturias, rehusando éste, por imperativo de su padre el Rey don Alfonso XIII, que no deseaba por aquel entonces enfrentamiento alguno con la Santa Sede. Por ello, y tras legalizar la Orden en España el 17 de junio de 1935, don Francisco pidió la aprobación de Alfonso XIII para su elección como Gran Maestre de San Lázaro, que finalmente se produjo el 15 de Diciembre de aquel mismo año.

Coincidieron todos estos hechos con un nuevo ataque del Vaticano, explicitado en el Osservatore Romano del 16 de Abril de 1935, desautorizando las legítimas pretensiones de San Lázaro para denominarse Orden, dado que para la Santa Sede, San Lázaro se hallaba abolida canónicamente como consecuencia de las Bulas anteriormente citadas, (Cum Solerti  y Pro Comissa Nobis). Esta interpretación propició la inclusión de la Religión en las sucesivas listas de ordenes falsas facilitadas por el Vaticano.

Los progresos internacionales y en España de la Orden.

Sin embargo, ya antes de la Guerra Civil española, comenzó a ingresar en la Religión de San Lázaro lo más granado de la nobleza hispana y europea (como el rey Carol de Rumania, el rey Boris de Bulgaria, los príncipes de Prusia, el gran duque Kiril de Rusia, o el príncipe Borghese, incluyendo también príncipes de la Iglesia); se organizaron también Grandes Prioratos en distintos países, recuperando, paulatinamente, el carácter universal que en el pasado tuvo el Hospital de los pobres leprosos.

Vino a refrendar esta privilegiada situación, la orden del Ministro de la Gobernación, Serrano Suñer, de 9 de Mayo de 1940, publicada en el Boletín Oficial del Estado, por la que se reconocía a San Lázaro su carácter de institución oficial, declarándola de utilidad pública para todo el territorio español y autorizando a sus miembros el derecho de usar los distintivos e insignias que establecían los Estatutos de 1935.

Por si esto fuera poco, el 8 de Marzo de 1946, un Decreto del propio Caudillo aprobaba el Reglamento para la lucha contra la lepra, dermatosis y enfermedades sexuales, que confiaba a la Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén la asistencia social a las familias y en especial a los hijos menores de edad de leprosos ingresados en establecimientos sanitarios y la creación del Día de San Lázaro para allegar fondos con que realizar sus fines de auxilio a los familiares de leprosos, por lo común pertenecientes a sectores económicamente débiles.

En 1939, el Gran Maestre, dictó unos nuevos Reglamentos, que venían a refundir las antiguas tradiciones lazaristas con las exigencias de los tiempos nuevos, por los que la Orden asumía de modo explícito un carácter ecuménico, al admitir abiertamente el ingreso de caballeros de distintas confesiones cristianas. Muerto el duque de Sevilla en 1952, fue su hijo, D. Francisco de Borbón y Borbón, quien fue nombrado Lugarteniente General en 1953, y en 1959 fue nombrado XLV Gran Maestre del Hospital de San Lázaro.

Fuente: “Historia apasionada de la Religión de San Lázaro”, de José Mª de Montells y Galán

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